Mudarse de forma constante, no conocer a las sociedades en las que vives y muchas horas de soledad es el precio que deben pagar los que eligen esta vida.

Con el auge del trabajo remoto y las conexiones a internet cada vez más seguras y accesibles, muchos jóvenes se plantearon un modelo de vida nómade: es decir, no viven en ninguna ciudad, recorren todas y trabajan vía digital para empresas que los contratan.
Entre viaje y viaje se establecen en algún punto y están pegados a su computador y smpartpohne, lo que suena idílico. Pero no pasean por las playas y los castillos o las montañas. Trabajan, por lo general más de 8 horas, y cada vez que encaran un cambio tienen que mudarse a habitaciones compartidas, pensiones o lo que puedan conseguir, siempre llevando poca carga y sin apegos.
Esta vida no admite muebles, adornos, cuadros, mascotas o amigos estables. De hecho, la
aplicación Passport Photo Online publicó un estudio llamado “El lado oscuro de ser un nómada digital, donde mil personas contaron sus experiencias.
Conexión permanente
Uno de los problemas más comunes que enfrentan estos trabajadores es la dificultad para desconectar del trabajo. La línea entre la vida personal y profesional se vuelve borrosa cuando se trabaja desde diferentes ubicaciones y en distintos husos horarios.
A la hora de dar un paseo o de conocer gente, se inhiben. “El 83% de los trabajadores remotos se sienten culpables por tomarse tiempo libre o desconectar del trabajo”, afirma el estudio. La presión constante de estar siempre disponible y la necesidad de cumplir con los plazos pueden llevar a una sensación de agotamiento y estrés crónico.
La falta de límites claros puede hacer que sea difícil disfrutar de momentos de descanso y relajación, lo que afecta negativamente la calidad de vida de los nómadas digitales.
Muchos están siempre “conectados” y necesitan demostrar a las empresas que los contratan que vale la pena tenerlos, por lo que se muestran disponibles 24/7 y pueden desarrollar un cuadro de burning out y de adicción al trabajo.
Esto limita aún más las relaciones personales, ya que el nómade no está en la ciudad que lo vio crecer ni tiene parienes o amigos cerca. Mucho menos tiempo para sociabilizar con gente nueva. Esto conlleva problemas de salud mental e incapacidad para tener relaciones.
Soledad extrema
La libertad de viajar y explorar nuevos lugares se paga con la sensación de aislamiento y soledad. La investigación aseguró que el 40% de los trabajadores remotos se sienten solos a menudo o siempre.
Al ir de un sitio a otro y con diversos husos horarios a la hora de hacer tareas, las relaciones duraderas y profundas no existen. Tampoco la red de apoyo o las interacciones regulares, es decir, con el mismo grupo de personas.

Fatiga crónica
El no tener horario de comienzo ni finalización, ni oficina, ni espacios físicos donde uno distinga a qué hora se trabaja y a qué hora no, acaba en fatiga crónica.
Un 77% de los nómadas ha experimentado agotamiento laboral al menos una vez, siendo los empresarios (80%) los más afectados por esta epidemia.
Por lo general, los nómadas trabajan en cosas relacionadas con IA, programación o marketing digital. Esto hace que además deban vivir pegados a las redes sociales para saber minuto a minuto las tendencias. Esta conducta los aleja de cosas tan simples como hablar con gente cara a cara, ir a hacer una compra y conocer vecinos o tener un fin de semana libre para estar en grupo.
Por eso la tendencia está cambiando, y ya no son tantos los que se mudan de un sitio a otro. En cambio, la tendencia ahora es elegir una ciudad. Por ejemplo, Lisboa, o Madrid, o Londres. Igualmente, en algún momento el modelo agota y los nómades terminan regresando a sus países de origen para darse un descanso.

