México aprobó la reducción gradual de la jornada de 48 a 40 horas sin baja salarial. La implementación comenzará en 2027 y transformará la rutina, el descanso y la organización del trabajo para millones de personas.

Trabajar menos horas por semana y mantener el mismo ingreso. Esa idea, discutida durante años en foros políticos, sindicales y empresariales, empezó a convertirse en realidad en México después de que el Senado aprobara la reforma constitucional que fija la reducción progresiva de la jornada laboral hasta llegar a las 40 horas.
No se trata de un cambio inmediato, sino de un proceso escalonado que acompañará el cierre de la década. Aun así, el mensaje es claro: el país se prepara para modificar una estructura histórica que definió durante generaciones la relación entre tiempo, empleo y productividad.
Para quienes se levantan cada día para ir a trabajar, la duda principal es directa: qué cambia en la vida cotidiana.

Más tiempo disponible sin perder salario
La base del nuevo esquema es que la reducción horaria no puede significar una disminución en la remuneración ni en las prestaciones. Es decir, a medida que bajen las horas trabajadas, el sueldo deberá permanecer intacto.
Este punto fue central para lograr consensos. En términos prácticos, implica que millones de personas podrían disponer de más espacio para la vida familiar, el descanso, la capacitación o simplemente el ocio, sin ver afectado su poder adquisitivo.
Un calendario que marcará el ritmo
El tránsito hacia la semana de 40 horas tendrá varias estaciones intermedias.
A partir de 2027 la jornada máxima pasará a 46 horas. En 2028 se reducirá a 44, en 2029 a 42 y finalmente en 2030 quedará establecido el límite definitivo de 40 horas semanales.
Durante ese período, empresas y trabajadores deberán ajustar contratos, turnos y metas. Para algunos sectores será una adaptación sencilla; para otros implicará rediseñar procesos completos.
El país que trabaja más horas
Uno de los argumentos que más resonó durante el debate legislativo es que México aparece de manera frecuente entre las naciones con mayor cantidad de horas trabajadas por año.
Además, un porcentaje significativo de empleados supera habitualmente el máximo legal vigente. Para los promotores de la reforma, avanzar hacia semanas más cortas es una forma de acercarse a prácticas internacionales que priorizan el equilibrio entre rendimiento y bienestar.
Descansos: una discusión abierta
Aunque existía expectativa sobre la posibilidad de incorporar dos días obligatorios de descanso por cada cinco trabajados, esa definición no quedó incluida en el texto constitucional.
Por ahora seguirá aplicándose el régimen actual. Sin embargo, el tema no está cerrado y podrá retomarse cuando se discutan normas complementarias que reglamenten la implementación.
También cambian las horas extra
Mientras la jornada ordinaria disminuye, el límite de horas extraordinarias permitido por semana aumenta. El nuevo tope será de 12.
La medida fue interpretada por algunos como una herramienta para enfrentar momentos de alta demanda, mientras que otros consideran que requerirá controles específicos para evitar sobrecargas prolongadas.
Lo que esperan quienes apoyan la reforma
Entre los beneficios mencionados aparecen mejoras en salud, menor agotamiento, mayor motivación y aumentos en la productividad por hora trabajada. Diversos especialistas sostienen que jornadas más breves pueden reducir errores y elevar la calidad del desempeño.
Además, se abre la posibilidad de que algunas empresas necesiten contratar más personal para cubrir el tiempo que dejará de trabajarse, lo que podría impulsar el empleo formal.
El camino legislativo continúa
Tras el paso por el Senado, el proyecto deberá ser tratado en la Cámara de Diputados y luego recibir el aval de los congresos estatales. Recién después de completar ese recorrido comenzará formalmente la cuenta regresiva hacia el nuevo esquema.
México empieza así a mover las agujas de su reloj laboral. La transición será gradual, con debates y ajustes, pero con un destino ya fijado: semanas de trabajo más cortas y una redefinición profunda de cómo se distribuye el tiempo entre producir y vivir.
Si el calendario previsto se cumple, antes de que termine la década la rutina de millones de trabajadores habrá cambiado de manera definitiva.