La jefa de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo sostuvo que, frente a sistemas capaces de producir conocimiento y decisiones, la educación superior debe priorizar el juicio crítico, la ética y la capacidad de las sociedades para definir su propio futuro.

La transformación que impulsa la inteligencia artificial dejó de ser una discusión tecnológica para convertirse en un debate sobre la propia condición humana. Así lo planteó la jefa de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), quien sostuvo que la educación superior enfrenta hoy una responsabilidad histórica: formar personas capaces de ejercer juicio, ética y propósito en un mundo donde los algoritmos ya producen conocimiento, lenguaje y decisiones.
La funcionaria remarcó que no se trata de un cambio incremental sino de una mutación profunda. La IA comienza a actuar como un agente cognitivo y, por lo tanto, modifica la forma en que trabajamos, pensamos y comprendemos la realidad. En ese contexto, lo que ocurra hoy en universidades y centros de formación definirá si las sociedades conservan la capacidad de ser autoras de su propio destino.

Mucho más que empleabilidad
Según explicó, reducir la misión universitaria a preparar para el mercado laboral es insuficiente. Si las máquinas pueden ejecutar cada vez más tareas cognitivas, el diferencial humano estará en capacidades que la automatización no puede replicar fácilmente: el razonamiento moral, la comprensión del contexto, la deliberación ética y la construcción de sentido.
Las universidades, subrayó, nunca fueron simples fábricas de habilidades. Desde su origen moldearon ideas, instituciones y ciudadanía. Hoy deben renovar esa tradición, pero bajo presiones inéditas.
El tipo de graduado que viene
Para la jefa de Educación del BID, la formación necesita apoyarse en dos pilares complementarios.
Por un lado, una base humanista sólida que permita a los futuros profesionales formular preguntas difíciles: quién se beneficia de una tecnología, qué riesgos implica, cuáles son los costos sociales de determinadas decisiones automatizadas.
Por otro, un desarrollo equilibrado de competencias. La evidencia educativa muestra que las habilidades especializadas solo generan valor cuando descansan sobre fundamentos amplios como pensamiento crítico, comunicación, resolución de problemas y capacidad de aprendizaje continuo. La especialización demasiado temprana, advirtió, reduce la adaptabilidad frente a entornos cambiantes.
Prepararse para el trabajo que no es rutinario
El mercado laboral que emerge con la inteligencia artificial premiará cada vez más lo que algunos economistas denominan trabajos complejos o integradores: funciones que combinan múltiples tareas, interacción humana, lectura del entorno y toma de decisiones en escenarios ambiguos.
Los empleos fragmentados y repetitivos, en cambio, son los más expuestos a la automatización. Por eso, la universidad debe entrenar a los estudiantes para sintetizar información, colaborar, interpretar matices y actuar con criterio propio.
Una alerta particular para el Sur Global
La funcionaria también advirtió que los riesgos son mayores para América Latina y otras regiones en desarrollo. Gran parte de los sistemas de inteligencia artificial se diseñan y gobiernan desde el Norte Global, incorporando datos, valores y prioridades que no siempre representan la diversidad de realidades.
Si no existe una estrategia deliberada, señaló, las universidades podrían terminar transmitiendo inteligencia producida en otros lugares en vez de generar capacidad local para decidir. El resultado sería una dependencia no solo tecnológica, sino también cultural y política.
Lo que está en juego, concluyó, excede la competitividad económica. Se trata de la soberanía intelectual y del derecho de cada sociedad a participar en la definición de su futuro.