Desde la psicología, proponerse objetivos a comienzos de año es un arma de doble filo. Cuando las metas son vagas, impuestas o excesivas, suelen generar frustración, culpa y abandono en lugar de bienestar y crecimiento personal.

Cada fin de año llega acompañado de una consigna casi obligatoria: pensar metas para el año que empieza. Comer mejor, hacer ejercicio, ahorrar, cambiar de trabajo, “ser mejor”. Sin embargo, desde la psicología, esta práctica no siempre resulta saludable ni eficaz. De hecho, para muchas personas puede convertirse en una fuente de frustración, culpa y desgaste emocional.

El problema no es tener objetivos, sino cómo y por qué se los plantea.

El peso simbólico del “Año Nuevo”

El inicio de un nuevo año funciona como un marcador simbólico de cambio. Culturalmente se asocia a la idea de empezar de cero, dejar atrás errores y reinventarse. Esto puede ser positivo si existe un deseo genuino de transformación, pero también puede generar una presión artificial: la sensación de que “hay que cambiar” porque el calendario lo indica.

Desde la psicología, se sabe que los cambios sostenidos no dependen de fechas, sino de procesos internos. Cuando las metas nacen más de la expectativa social que de una motivación propia, suelen abandonarse rápidamente.

Metas vagas: el camino más corto al fracaso

Uno de los principales problemas de las metas de Año Nuevo es su formulación. Expresiones como “hacer más ejercicio”, “bajar de peso” o “ser más productivo” son demasiado generales. No indican qué hacer, cuándo ni cómo.

La vaguedad genera una falsa sensación de intención, pero no activa la acción. Al no haber un camino claro, el cerebro no puede organizar esfuerzos concretos, y el abandono aparece temprano, acompañado de autocrítica y desánimo.

Cuando las metas se vuelven una carga

Otro error frecuente es ponerse demasiados objetivos al mismo tiempo. Cambiar hábitos implica gasto de energía psíquica, atención y constancia. Acumular metas suele producir el efecto contrario: saturación, estrés y sensación de fracaso anticipado.

Además, muchas personas formulan objetivos que no dependen completamente de ellas —como “ganar más dinero” o “tener éxito”— o que están motivados solo por recompensas externas. La psicología muestra que este tipo de metas tiene menor adherencia, porque no fortalecen la sensación de control personal ni la motivación interna.

Lo que realmente funciona (y casi nunca se hace en enero)

La evidencia psicológica indica que los cambios sostenibles se apoyan en metas pequeñas, específicas y realistas, vinculadas al disfrute y a la motivación intrínseca. No se trata de “querer más”, sino de querer mejor.

Algunas claves:

Menos promesas, más procesos

Desde la psicología, el problema de las metas de Año Nuevo no es la intención de mejorar, sino la ilusión de cambio rápido y total. El crecimiento personal no ocurre por decreto ni por calendario, sino por repetición, coherencia y compromiso con procesos cotidianos.

A veces, no ponerse metas grandilocuentes es una forma de cuidado. En lugar de prometerse “ser otra persona”, puede ser más saludable preguntarse qué pequeño cambio es posible sostener hoy. Ahí empieza el verdadero cambio.

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